Hay un edificio de cristal y mármol verde a orillas del East River, en Manhattan, que lleva ochenta años siendo el blanco favorito de cualquiera que necesite culpar a alguien. Cancilleres, columnistas de sobremesa, presidentes que llegan tarde a su propio discurso: todos han pateado en algún momento ese edificio. Y sin embargo, entre toda la artillería retórica que se dispara contra la sede de Naciones Unidas, hay algo que casi nadie propone en serio: dinamitar los cimientos.
En el momento de mayor desconfianza hacia la ONU en toda su historia, seguía viva una convicción incómoda y silenciosa: el mundo aún no ha encontrado una alternativa mejor. No una más eficaz, no una más justa. Ni siquiera una alternativa a secas.
01 El espejo cóncavo
Sobre la tentación de culpar al notarioCulpar a la ONU de las guerras del presente es como romper el espejo porque no nos gusta la cara que devuelve. La organización no fabrica los conflictos de Gaza, Sudán, Myanmar o Ucrania: los certifica. Es el notario incómodo de nuestras propias miserias, de nuestros vetos cruzados, de un tablero mundial que ya no se parece en nada al de San Francisco en 1945.
La parálisis del Consejo de Seguridad no es un fallo técnico de diseño. En 2025, sus quince miembros solo lograron adoptar 44 resoluciones — el nivel más bajo desde 1991, con apenas un 61,4% respaldadas por unanimidad — mientras Gaza, Sudán, Myanmar y Ucrania seguían sangrando sin que el órgano encargado de la paz mundial lograra articular una respuesta común. Ese silencio no es disfunción: es el reflejo exacto, sin filtros, de un mundo que ya no comparte un solo relato sobre quién tiene razón.
El Consejo de Seguridad no está roto. Está perfectamente calibrado para mostrarnos, en tiempo real, hasta qué punto las grandes potencias han dejado de estar de acuerdo en algo.
El veto, ese mecanismo que tanto se detesta, nació precisamente para evitar la ficción contraria: la de una organización que promete resolver por unanimidad lo que el poder real jamás aceptará resolver por votación. Sin él, advertía Truman en sus memorias, ningún Senado habría ratificado la Carta. El veto no traicionó el espíritu fundacional de la ONU. Es, literalmente, la letra pequeña que la hizo posible.
02 La victoria de los invisibles
Donde la ONU deja de ser un gigante maniatadoMientras el mundo mira los fracasos estrepitosos de la alta política — donde la ONU es, en efecto, un gigante atado de pies y manos —, la organización sobrevive gracias a una fontanería que casi nadie fotografía. Tres engranajes que no salen en portada, pero que impiden que la complejidad cotidiana del planeta colapse.
Personas desplazadas por la fuerza
A finales de 2025 había 117,8 millones de personas forzadas a huir de su hogar en el mundo, 41,6 millones de ellas refugiadas. Ninguna otra estructura internacional coordina su registro, protección y retorno a esa escala.
Personas con asistencia alimentaria
El Programa Mundial de Alimentos, Nobel de la Paz en 2020, prestó asistencia a 124,4 millones de personas en 2025, entregando más de 16.000 millones de raciones. Nadie más opera esa logística a esa escala.
Misiones de paz activas
Con más de 50.000 efectivos desplegados hoy en 11 misiones, el mantenimiento de la paz de la ONU cuesta menos del 0,5% del gasto militar mundial. Aun así, la falta de fondos ya obliga a repatriar miles de cascos azules.
La tesis, dicha sin adornos, es esta: la ONU es profundamente inútil para evitar la guerra entre potencias, pero insustituible para gestionar la paz cotidiana de todos los demás. Son dos organizaciones distintas que comparten logo. Una vive permanentemente atrapada en el Consejo de Seguridad. La otra reparte comida, vacunas, tiendas de campaña y observadores electorales sin que casi nadie le pregunte cómo lo hace.
03 El expediente del veto
Ochenta años de un mismo mecanismo, leídos como sismógrafoSi se lee el uso del veto como lo que es — un sismógrafo, no una anomalía —, la historia reciente del mundo se puede reconstruir casi entera desde esa sola variable.
Desde 1946, Rusia ha ejercido el veto en 128 ocasiones y Estados Unidos en cerca de 87, muy por delante de Francia, Reino Unido y China. No es una anécdota estadística: es el mapa de quién ha necesitado, en cada momento, frenar al resto del mundo en solitario.
04 El terror a la página en blanco
EpílogoLa verdadera razón por la que la ONU no desaparece no es el optimismo ni la fe ciega en el progreso humano. Es algo mucho menos noble y mucho más honesto: el terror puro a la página en blanco. Si la organización se esfumara mañana, el mundo tendría que inventar otra cosa pasado mañana, y hoy ni siquiera existe el pegamento diplomático necesario para redactar el primer párrafo de su preámbulo.
Estados Unidos ya ha empezado a presionar para reducir en una cuarta parte las misiones de paz por falta de financiación. China y Rusia disputan cada vez con más descaro el relato fundacional de 1945. Y aun así, ningún gobierno relevante ha puesto sobre la mesa un plan serio de sustitución. Prefieren patear el edificio del East River antes que quedarse sin ningún edificio al que culpar.
Lo que esto significa para quien mira el mundo que viene: la ONU es, al mismo tiempo, una broma pesada de la historia y nuestro último cortafuegos. Un museo de ruinas que ningún país está dispuesto a demoler, porque hacerlo obligaría a admitir lo que de verdad da vértigo: que, por ahora, no hay nada más que construir sobre esos mismos cimientos agrietados.